Ilustración Nicoletta Ceccoli
A la niña que llevamos dentro. No
dejéis nunca de cuidarla.
Era
tan pequeña que me daba miedo abrazarla.
Sin
embargo, ella se moría por hacerlo.
Tan
diminuta… tan inocente...tan poquita cosa…. que languidecía por
momentos cuando la desatendía.
Me
brindaba su mano. Y yo la rechazaba.
Cuando
me miraba con sus ojos acuosos pidiendo una palabra de ahínco la
ignoraba.
Jugaba
sola en aquel parque sembrado de margaritas.
Se
dormía cantando una nana en las noches frías.
Y
abrigándose con sus manos pequeñas suspiraba al viento mi nombre.
A
veces, una lágrima impotente resbalaba por sus mejillas rosadas.
Pero
nunca se rendía. Era quien de oler la fragancia de una flor en su
jardín y después depositarla con sumo cuidado en mi mente
alborotada.
Cada
día que pasaba era más insignificante para mí.
Pero
ella tenía una estrategia.
Paró
de observarme. Cortó las flores del jardín. Comenzó a rezarle a la
lluvia. Cerró la puerta a su mundo.
Y
comenzó a anidar el desasosiego en mis ojos.
Me
volví inconsciente, también apesadumbrada e inexpresiva.
Mi
piel se tornó ajada y desapareció la sonrisa con el primer verano.
Empezó
a gestarse en mí una tristeza insoportable.
Aunque
ella era inteligente y la llave que daba acceso a su mundo la
depositó muy cerca de mi corazón.
Entonces
recordé dónde la había puesto.
Me
armé de valor. Bajé a las profundidades sumergiéndome en las
venas hasta llegar a mi destino.
La
agarré y la giré despacio, pero concienzudamente. Y allí estaba
ella.
No
la recordaba tan hermosa, ni con esos ojos grandes y acastañados.
Tampoco
con esa sonrisa que iluminaba hasta la flor más ínfima.
Se
echó en mis brazos plenamente confiada. Y entonces le juré que
jamás la dejaría sola.
Ahora
en nuestro jardín no solo crecen margaritas, también azucenas y
pensamientos, orquídeas y calas, rosas de todos los colores.
Y
aunque el invierno venga frío y desangelado siempre podemos hacer
una hoguera y calentarnos juntas.